Muchas empresas e instituciones caen en la trampa del “purple washing”: simular apoyo a la igualdad de género con fines publicitarios, sin implementar cambios estructurales reales
Gabriela Casas
Canadá Crónica Latina
MONTREAL.— Cada año, especialmente cerca del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, aparecen campañas, discursos políticos y productos teñidos de color morado que prometen compromiso con la igualdad de género. Sin embargo, muchas de estas iniciativas han comenzado a ser cuestionadas bajo un concepto cada vez más utilizado por analistas y activistas: “purple washing” o “lavado violeta”.
La idea se inspira en el concepto “green washing”, utilizado para denunciar productos y servicios que se dicen amigables con el ambiente sin serlo, y de “pink washing”, utilizado para denunciar el uso instrumental de la causa LGBTQ+. El término fue popularizado por activistas feministas para señalar prácticas similares en torno al feminismo y la conmemoración del 8 de marzo.
¿Qué es el lavado violeta?
El “lavado violeta” o “purple washing” es una estrategia de comunicación mediante la cual empresas, instituciones o gobiernos simulan apoyar la igualdad de género con fines publicitarios o de imagen, sin implementar cambios estructurales reales en sus prácticas o políticas internas.
Cómo se manifiesta el lavado violeta
El “purple washing” suele expresarse de distintas maneras:
- Campañas publicitarias que adoptan el color morado en marzo.
- Mensajes institucionales sobre empoderamiento femenino.
- Discursos políticos que destacan la igualdad mientras persisten problemas estructurales como la brecha salarial, la violencia de género o la falta de representación femenina en espacios de poder.
Según organizaciones feministas y observatorios de comunicación, estas prácticas buscan mejorar la reputación de una marca o de un actor político, atraer consumidores o ganar legitimidad pública, especialmente en contextos donde el feminismo tiene un fuerte respaldo social.
El uso político del feminismo
Más allá del marketing corporativo, el concepto también se utiliza para analizar estrategias políticas. Diversos investigadores señalan que algunos gobiernos o líderes políticos recurren al discurso de la igualdad de género para proyectar una imagen progresista o democrática, mientras promueven agendas que no necesariamente fortalecen los derechos de las mujeres, o incluso crean organismos que pretenden basar su labor en la causa feminista cuando el objetivo real es ganar puestos políticos.
En algunos casos, incluso se ha denunciado el uso del feminismo para justificar políticas migratorias, militares o de seguridad, argumentando la defensa de los derechos de las mujeres en otros países mientras se ignoran desigualdades o violencias dentro del propio sistema político.
El riesgo para el movimiento feminista
Especialistas advierten que el “purple washing” puede tener efectos negativos en el debate público. Al multiplicar campañas superficiales, se corre el riesgo de crear la ilusión de que la igualdad de género ya se ha alcanzado, lo que debilita las demandas por transformaciones estructurales.
Además, cuando las acciones simbólicas no se acompañan de políticas concretas —como igualdad salarial, acceso a cuidados, protección contra la violencia o representación política—, el discurso feminista puede convertirse en una herramienta de comunicación más que en un compromiso real. Como resumió el colectivo mexicano Brujas del Mar en una protesta contra esta práctica: “¡No queremos simbolismos, queremos acciones!”
Cómo identificar el lavado violeta
- Uso del color morado solo en marzo.
- Discursos de igualdad sin políticas salariales concretas.
- Ausencia de representación femenina en cargos directivos.
- Campañas simbólicas sin inversión real en programas de equidad o protección contra la violencia.
Más allá del color morado
Para organizaciones feministas, el verdadero compromiso con la igualdad se mide por políticas sostenidas durante todo el año, transparencia en las prácticas laborales, inversión en programas de equidad y voluntad política de transformar estructuras que reproducen desigualdades.
El debate sobre el “purple washing” recuerda que el feminismo no es una campaña temporal ni un recurso publicitario. Es un movimiento social y político que busca cambios profundos y duraderos en la forma en que se organizan nuestras sociedades.
Preguntas frecuentes:
El compromiso genuino implica políticas sostenidas durante todo el año: igualdad salarial, acceso a cuidados, representación real en espacios de poder y programas de protección contra la violencia. El lavado violeta, en cambio, se limita a gestos simbólicos —como campañas en tono morado en marzo— sin transformar estructuras ni prácticas internas.
Genera la ilusión de que la igualdad de género ya se ha alcanzado, lo que debilita la legitimidad de las demandas por cambios estructurales. Al trivializar el discurso feminista, también facilita que actores políticos o corporativos lo usen instrumentalmente sin rendir cuentas reales.
A través de acciones medibles y constantes: publicar auditorías salariales, garantizar paridad en puestos de dirección, financiar programas de equidad todo el año, y hacer transparentes sus protocolos internos ante situaciones de violencia o discriminación de género.
